El voto histórico del vicepresidente Julio Cobos en la sesión maratónica en el Senado por la Resolución 125 se convirtió, por diversas y razonables cuestiones, en el tema del año para todos los argentinos.
Por una parte significó la derrota más importante del kirchnerismo en el ámbito del Congreso de la Nación desde que asumió el poder total.
Por otro lado, los argentinos fuimos testigos de algo que en muy pocas ocasiones tenemos la fortuna de presenciar: las instituciones funcionando en plenitud, tal como las soñaron nuestros padres fundadores.
Por supuesto que no podemos caer en la tentación de manifestar y asegurar que de ahora en más el Congreso de la Nación recupere sus facultades que la Constitución Nacional establece y que hace a su naturaleza deliberativa.
Pero por lo menos nadie nos podrá sacar el privilegio de haber asistido a una lección de civilidad y coherencia prestada por nuestro vicepresidente quien, en oposición al gobierno del que forma y quiere seguir formando parte, emitió su voto respetando sus ideologías irrenunciables.
Claro que se me puede contestar que de haber respetado sus pensamientos políticos personales, el Sr. Julio Cobos ni siquiera hubiese formado parte de la fórmula presidencial en octubre del 2007. Pero ese es otro cantar, indudablemente.
Ahora, y luego de haberse derogado la resolución N° 125 por parte de nuestra presidenta, el gobierno nacional tiene la oportunidad histórica de delinear las políticas agrícola-ganaderas que el país necesita sin esperar un solo día más.
Asimismo, el gobierno debe comprender de una vez por todas que el consenso es parte del acto de ejercer el poder, que el ceder no es perder y que encontrar el equilibrio entre los intereses enfrentados es definitivamente un logro a alcanzar.
Por último, la ciudadanía debería acompañar este momento institucional inédito, castigando electoralmente el accionar político de aquellos que acompañaron un proyecto estéril por el solo hecho de obedecer un mandato partidario, sin tener como norte su posición ideológica o sus convicciones económicas, etc.
Si ello no ocurre, la lección cívica que nos ha dado el empleado del mes de la República caerá en saco roto.
De nosotros depende.
Por una parte significó la derrota más importante del kirchnerismo en el ámbito del Congreso de la Nación desde que asumió el poder total.
Por otro lado, los argentinos fuimos testigos de algo que en muy pocas ocasiones tenemos la fortuna de presenciar: las instituciones funcionando en plenitud, tal como las soñaron nuestros padres fundadores.
Por supuesto que no podemos caer en la tentación de manifestar y asegurar que de ahora en más el Congreso de la Nación recupere sus facultades que la Constitución Nacional establece y que hace a su naturaleza deliberativa.
Pero por lo menos nadie nos podrá sacar el privilegio de haber asistido a una lección de civilidad y coherencia prestada por nuestro vicepresidente quien, en oposición al gobierno del que forma y quiere seguir formando parte, emitió su voto respetando sus ideologías irrenunciables.
Claro que se me puede contestar que de haber respetado sus pensamientos políticos personales, el Sr. Julio Cobos ni siquiera hubiese formado parte de la fórmula presidencial en octubre del 2007. Pero ese es otro cantar, indudablemente.
Ahora, y luego de haberse derogado la resolución N° 125 por parte de nuestra presidenta, el gobierno nacional tiene la oportunidad histórica de delinear las políticas agrícola-ganaderas que el país necesita sin esperar un solo día más.
Asimismo, el gobierno debe comprender de una vez por todas que el consenso es parte del acto de ejercer el poder, que el ceder no es perder y que encontrar el equilibrio entre los intereses enfrentados es definitivamente un logro a alcanzar.
Por último, la ciudadanía debería acompañar este momento institucional inédito, castigando electoralmente el accionar político de aquellos que acompañaron un proyecto estéril por el solo hecho de obedecer un mandato partidario, sin tener como norte su posición ideológica o sus convicciones económicas, etc.
Si ello no ocurre, la lección cívica que nos ha dado el empleado del mes de la República caerá en saco roto.
De nosotros depende.
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