Que Bolivia se asemeja a dos países diferentes en el seno de su territorio no es ninguna novedad: un occidente empobrecido pero con el control político de la nación y un oriente con una generosa reserva natural de recursos naturales, pero con limitados accesos a su utilización.
Que Bolivia está conformada por dos grupos sociales bien diferenciados no es un dato desconocido: uno, originario, siempre postergado y con dificultades históricas de acceder a mejores condiciones de vida; el otro, de raíces europeas, siempre beneficiado con las mieles del progreso y con niveles de instrucción inherentes a una clase acomodada.
Que Bolivia sufre de problemas sociales irresueltos que tienen como fundamentos sistemas distributivos injustos y en ocasiones obscenos es una realidad que el país no puede esperar un minuto más en resolver.
Pero hoy por hoy nos encontramos ante protagonistas que poco hacen o colaboran en encontrar una solución, por la vía pacifica, a los graves enfrentamientos a los que nos tienen acostumbrados día a día.
Evo Morales refleja, sin lugar a dudas, la esperanza de un cambio radical en la manera de hacer política en la región: un hombre comprometido con sus orígenes, con fama de honesto, un trabajador incansable y un luchador de las causas olvidadas.
Sin embargo, con todo eso no alcanza en un mundo globalizado, cambiante y complejo como el de hoy. La experiencia del conflicto con el agro en nuestro país es un claro ejemplo de ello pues trajo a colación que ni aún los políticos con grandes apoyos populares pueden escapar a las fórmulas de consensos en la toma de decisiones de relevancia nacional.
El diálogo se impone a la hora establecer reglas de juego de relevancia, en ocasiones fundacionales, para el país, por lo que ningún actor involucrado en la misma debe ser dejado de oír. Es un principio inserto en el juego democrático en el que la región aún sigue aprendiendo, con tropezones, a jugar.
Por el otro lado encontramos a un sector de la población, a la cual no puede tildarse de ínfima minoría, que tiene y ha tenido la buena fortuna de acceder a mejores centros educativos, mejores trabajos remunerados, mejores centros de salud, mejores niveles de vida. Han vivido siempre en un país totalmente diferente; en otra Bolivia.
Sin embargo, sus posturas xenófobas, sus actitudes en contra de la ley, su falta de respeto a la autoridad presidencial, son inexcusables y deben ser castigadas con todo el rigor de la normativa vigente. La Democracia también indica que la mayoría gobierna y la minoría controla, por lo que las urnas marcan el rumbo de gobierno, guste a quien le guste.
Así las cosas, podemos observar que la Constitución oficialista, proyectada, debatida y aprobada de manera por lo menos irregular, trae en su cuerpo el huevo de la serpiente: dividir aún más a la castigada sociedad boliviana ya que contiene normativas autodiscriminadoras, entre otras, que no concuerdan con una sociedad cosmopolita y tolerante, como debería ser Bolivia.
El reclamo por las autonomías municipales, por su parte, es un debate que Bolivia se debe sin demoras: reformular los pilares del estado unitario boliviano debe ser llevado a cabo por la totalidad de los ciudadanos, sin excepción. Los diferentes componentes del país vecino indican que un estado federal, con mayores poderes y facultades para los gobiernos regionales, es la mejor opción en materia de diseño estatal.
La agenda política que se avecina no puede dejar de considerar el tratamiento de la distribución de los recursos petroleros, gasíferos, minerales, etc, rechazando las posturas extremistas de ambos bandos, las cuales se retroalimentan de odio y de justificaciones sin asidero legal ni económico.
Es dable destacar que ambas partes tienen derecho a peticionar y a presionar sobre los que creen es su cuota de verdad, mas yerran en el curso de acción adoptados. Ni el presidente Evo Morales puede seguir con su política de oídos sordos y amigos peligrosos (léase Venezuela, Irán y Cuba), ni los ciudadanos del oriente boliviano (la media luna) pueden llamar a plebiscitos ilegales ni enfrentarse abiertamente, aún con el uso de las armas, a la autoridad central.
Espero fervientemente que la “lección argentina” del conflicto del campo se propague cual virus positivo no sólo por nuestro país sino por toda la región, generando debates maduros y llegándose a consensos necesarios para el engrandecimiento de los países involucrados.
El diálogo es la única manera de llegar a buen puerto.
¿Una nueva forma de hacer política viene llegando?
Que Bolivia está conformada por dos grupos sociales bien diferenciados no es un dato desconocido: uno, originario, siempre postergado y con dificultades históricas de acceder a mejores condiciones de vida; el otro, de raíces europeas, siempre beneficiado con las mieles del progreso y con niveles de instrucción inherentes a una clase acomodada.
Que Bolivia sufre de problemas sociales irresueltos que tienen como fundamentos sistemas distributivos injustos y en ocasiones obscenos es una realidad que el país no puede esperar un minuto más en resolver.
Pero hoy por hoy nos encontramos ante protagonistas que poco hacen o colaboran en encontrar una solución, por la vía pacifica, a los graves enfrentamientos a los que nos tienen acostumbrados día a día.
Evo Morales refleja, sin lugar a dudas, la esperanza de un cambio radical en la manera de hacer política en la región: un hombre comprometido con sus orígenes, con fama de honesto, un trabajador incansable y un luchador de las causas olvidadas.
Sin embargo, con todo eso no alcanza en un mundo globalizado, cambiante y complejo como el de hoy. La experiencia del conflicto con el agro en nuestro país es un claro ejemplo de ello pues trajo a colación que ni aún los políticos con grandes apoyos populares pueden escapar a las fórmulas de consensos en la toma de decisiones de relevancia nacional.
El diálogo se impone a la hora establecer reglas de juego de relevancia, en ocasiones fundacionales, para el país, por lo que ningún actor involucrado en la misma debe ser dejado de oír. Es un principio inserto en el juego democrático en el que la región aún sigue aprendiendo, con tropezones, a jugar.
Por el otro lado encontramos a un sector de la población, a la cual no puede tildarse de ínfima minoría, que tiene y ha tenido la buena fortuna de acceder a mejores centros educativos, mejores trabajos remunerados, mejores centros de salud, mejores niveles de vida. Han vivido siempre en un país totalmente diferente; en otra Bolivia.
Sin embargo, sus posturas xenófobas, sus actitudes en contra de la ley, su falta de respeto a la autoridad presidencial, son inexcusables y deben ser castigadas con todo el rigor de la normativa vigente. La Democracia también indica que la mayoría gobierna y la minoría controla, por lo que las urnas marcan el rumbo de gobierno, guste a quien le guste.
Así las cosas, podemos observar que la Constitución oficialista, proyectada, debatida y aprobada de manera por lo menos irregular, trae en su cuerpo el huevo de la serpiente: dividir aún más a la castigada sociedad boliviana ya que contiene normativas autodiscriminadoras, entre otras, que no concuerdan con una sociedad cosmopolita y tolerante, como debería ser Bolivia.
El reclamo por las autonomías municipales, por su parte, es un debate que Bolivia se debe sin demoras: reformular los pilares del estado unitario boliviano debe ser llevado a cabo por la totalidad de los ciudadanos, sin excepción. Los diferentes componentes del país vecino indican que un estado federal, con mayores poderes y facultades para los gobiernos regionales, es la mejor opción en materia de diseño estatal.
La agenda política que se avecina no puede dejar de considerar el tratamiento de la distribución de los recursos petroleros, gasíferos, minerales, etc, rechazando las posturas extremistas de ambos bandos, las cuales se retroalimentan de odio y de justificaciones sin asidero legal ni económico.
Es dable destacar que ambas partes tienen derecho a peticionar y a presionar sobre los que creen es su cuota de verdad, mas yerran en el curso de acción adoptados. Ni el presidente Evo Morales puede seguir con su política de oídos sordos y amigos peligrosos (léase Venezuela, Irán y Cuba), ni los ciudadanos del oriente boliviano (la media luna) pueden llamar a plebiscitos ilegales ni enfrentarse abiertamente, aún con el uso de las armas, a la autoridad central.
Espero fervientemente que la “lección argentina” del conflicto del campo se propague cual virus positivo no sólo por nuestro país sino por toda la región, generando debates maduros y llegándose a consensos necesarios para el engrandecimiento de los países involucrados.
El diálogo es la única manera de llegar a buen puerto.
¿Una nueva forma de hacer política viene llegando?